PedroRectWM

 

Últimamente, yendo al teatro, he reconectado con una antigua ambición: me recuerdo pensando que “quería ser una de las mejores actrices del país”. Eso me llevó a estudiar Arte Dramático y profesionalizarme, hasta cambiar aquel deseo por el de “ser la mejor actriz que yo puedo ser”. Con el tiempo, he dedicado mucho esfuerzo, tiempo y dinero, a mi formación y crecimiento, pero en el camino y al contacto con las vicisitudes de la profesión, se ha ido diluyendo la ambición para conformarme con un anhelo de trabajar cuanto más mejor, y con suerte bien remunerada. Y agradezco enormemente asistir a montajes como Los Nadadores Nocturnos o Hacia la Alegría, porque me recuerdan la ambición por la exquisitez en la profesión, en todos sus elementos (texto, dirección, actuación, lenguaje, mensaje, comunicación con el público…) En ellos noto el reto creativo que ha sido para el equipo, cómo han tenido que romper los propios límites para poder contar esta historia humana y complicada, teatral y bella. Me alienta, me ilusiona, me anima a tener fe en que el escenario es el espacio perfecto para las grandes historias y las grandes catarsis.

Sin embargo, creo que hay formas de malentender esta ambición. También he visto varios ejemplos (alguno de ellos continúa en cartel, pero no los nombraré porque respeto a cada persona que se sube a un escenario, haga lo que haga), en los que noto una inmensa pretensión que emana del escenario. Como si allí estuvieran una suerte de iluminados, dispuestos a lanzarnos unas migajas de su sabiduría sobre algún aspecto humano. Donde veo que se confunde la grandeza con lo grandilocuente, lo bello con lo excesivo, la catarsis teatral con el onanismo intelectual, donde hay mucho discurso aleccionador y muy poca autoconsciencia. Y me pregunto en qué momento uno se desvía de la ambición para entrar en lo pretencioso. Creo que es cuando se pierden de vista algunos pilares de esta hermosa profesión, como saber qué historia estamos contando, querer contarla al público por amor a ellos, en lugar de por desprecio, o por la vanidad de ser observados; asumir que los fuegos artificiales no lucen si no hay chispas en las almas de los intérpretes, y que si los que la cuentan no son atravesados por la historia (que diría una admirada amiga directora), la historia no va a atravesar a nadie.

De todas formas, es preferible que haya montajes que se convierten en pretenciosos a la falta de ambición absoluta. Es mejor que lo que se haga importe mucho (aunque esté puesta la importancia en un lugar, a mi juicio, equivocado), que el terrible espectáculo de ver desidia en un escenario. Pero cuidémonos de perder la brújula que marca el norte de la ambición digna.

(Publicado en Revista Godot. Enero 2015)