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La invisibilidad, haciendo honor a su nombre, a veces ni se ve ni se percibe, pero está presente, y nos afecta a muchos actores y actrices, aunque no siempre somos conscientes de ella. Vamos a una prueba, por ejemplo, creemos haberlo dado todo pero no nos hemos percatado de que llevábamos la capa puesta. Es muy sutil y escurridiza, y a veces se puede confundir con un prejuicio (…si ya saben a quién van a coger…) o con un complejo (…como soy muy mayor-menor-flaca-gorda…), pero sea cual sea su forma, lo que consigue es que nuestro artista se opaque o, en el peor de los casos, desaparezca. Esto es más grave de lo que parece porque ésta es una profesión de absoluta visibilidad, y si no nos damos cuenta del boicot, puede mantenernos mucho tiempo sin avanzar y sin saber por qué no avanzamos.

No hay que olvidar que tener la capa es un súper poder que tenemos, el problema es que nos domine, en vez de dominarlo. Esta capa que nos hace invisibles, nos ha protegido en algunos momentos de una exposición que podía resultar peligrosa para nosotros, pero como ya sabemos, trabajar delante del público no lo es. De hecho, estar en un escenario es nuestro derecho (que diría un amigo mío). Tener un lugar donde decir esas palabras, en las que creemos, y a las que llenamos con nuestra voz, vísceras y emocionalidad, es para lo que hemos nacido. Se requiere de valentía para habitar este derecho con todo el poderío de que seamos capaces, se requiere confianza en que, por pocos que sean, siempre hay público para cada artista, y para nosotros también, y se requiere responsabilidad para desarrollar nuestro artista genuino y único, porque es ése el que nos va a dar trabajo y satisfacción.

Creo que ahí está la clave, parece que un actor es un mandado que dice lo que le dicen que diga, hace lo que le dictan y trabaja cuando lo llaman. No. Somos vehículos, es cierto. Vehículos de las palabras que alguien escribió, de la idea de un director y del concepto de una producción o espacio. Pero somos nosotros los que, con toda esa información, destilamos una composición que habrá de ser, y es, artística. La profundidad y alcance de la historia está en nuestras manos cuando el público entra en la sala. Ese es un gran poder, y tenemos el derecho y el deber de ejercerlo. Despidámonos de la capa protectora que nos mantiene en un actuar obediente y correcto, y atrevámonos a poner en juego la artista creadora que realmente somos.

(Publicado en Revista Godot. Diciembre 2014)